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Viernes 18 de junio de 2021

Argentina tiene la oportunidad de ser un faro mundial en la industria del cannabis

En el país, avanzan diferentes proyectos de producción medicinal. Sin embargo, el modelo deja afuera a los miles de cultivadores que forjaron las bases de la cultura cannábica. La provincia de Corrientes empezó a elaborar su propio aceite de cannabis e innova: integra a los pequeños productores.

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En los primeros días de este año, Corrientes aprobó la creación de una empresa estatal para la producción, fomento e investigación del cannabis medicinal. Si bien los funcionarios de la cartera de Salud le cuentan a NEA HOY que aún trabajan en la aplicación normativa para poner en marcha la nueva compañía, las gestiones comenzaron el año pasado con la firma de un convenio de cooperación con la provincia de Jujuy, la primera del país en emprender en el nuevo oro verde. 

El Gobierno de Gerardo Morales está exportando a otras provincias -Santiago del Estero, San Juan y La Rioja- su modelo de negocio cannábico. Aunque se trate de un avance hacia el fin de la criminalización de la planta, también es la continuación de la perpetua dependencia económica de las potencias internacionales y que deja afuera a los miles de activistas, quienes a fuerza de militancia clandestina, dieron luz a los múltiples beneficios de la marihuana.

La planta de cannabis se utilizó por miles de años en distintas culturas alrededor del mundo para la medicina.

En 2018, Jujuy creó la empresa Cannava y el Estado provincial es propietario de más del 51% de las acciones, por lo que tiene su control. No obstante y entre otras modalidades, se financia con la incorporación de inversores privados. 

Uno de ellos, revelado por la Revista Noticias reciéntemente, es BBV Labs, una compañía con sede en Panamá y que fue adquirida por la firma canadiense Blueberries, en la que entre sus accionistas se encuentran Facundo Garretón, ex Diputado nacional por el PRO, y Claudio Belocopitt, uno de los dueños de Swiss Medical Group.

Según cuentan desde Cannava, pretenden llegar este año a las 35 hectáreas de cultivo para cosechar unos 25.000 kilos de flor seca. En la provincia del norte, saldrá a la venta en diciembre el primer lote de aceite medicinal producido en el país. 

Cannava proyecta introducir al mercado unos 50.000 frascos que serán, en primera instancia, para los jujeños. En cuanto la producción siga avanzando, los planes son comenzar con las exportaciones. El nuevo oro verde funciona como negocio y para comprobarlo solo hay que levantar la vista hacia los países que avanzaron en la regulación.

Gerardo Morales, Gobernador de Jujuy, en la planta de Cannava.

A siete años de la legalización, en Uruguay, las exportaciones de cáñamo -fibras y tallos de la planta, además de las flores con un máximo de 1% del componente psicoactivo THC- ya alcanzaron la cuarta parte del comercio de cítricos y es el más importante detrás de la soja, según datos del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca.

Mientras que en Colombia, donde el CBD -componente relacionado al uso medicinal- es legal desde 2016, el comercio parece no tener techo. Según un informe de la Asociación Colombiana de Industrias del Cannabis, las exportaciones en 2020 aumentaron un 1.363%, en comparación al año anterior. En total, la recaudación fue de unos USD 4.5 millones y se espera que en los próximos años llegue a los USD 2.700, lo que superaría al mercado del cacao.

Además, la industria del cannabis es una generadora de puestos de trabajo: en Estados Unidos, donde aún no existe una legalización federal, se trata del rubro que más empleo genera y que mejor paga. 

Así lo detalla un reciente informe de la consultora especializada Leafly, donde se cuenta que actualmente existen 321.000 trabajadores registrados y representa un 32% más que el año anterior. El estudio también dice que nadie cobra menos de USD 15 por hora, cuando el salario mínimo hoy en el país del norte se encuentra por la mitad.

En Estados Unidos, los trabajadores de las plantas de cannabis ganan el doble que cualquier otro profesional.

Para Argentina, la oportunidad está servida. No solo porque el país cuenta con las condiciones óptimas para el cultivo del cannabis: como humedad, fertilidad de los suelos y un amplio conocimiento de las técnicas agrícolas. Sino también porque hay un gran abanico de universitarios bioquímicos que hoy son codiciados por el mundo y son llevados a trabajar a los emprendimientos extranjeros. Incluso, hay productores de maquinarias nacionales.

Santa Planta es la distribuidora y generadora de productos cannábicos más grande del país. Damián Barone es uno de sus dueños y cuenta: “Todos los años voy a la Expocannabis de Barcelona -la más grande del mundo-. De 300 stands, el 85% son de venta de semillas. En la que se hizo acá, en 2019, hubo 50.000 personas cuando se esperaban 12.000 y no se vendió ni una semilla. Nosotros construímos una industria sin semillas y con prohibicionismo, ¿te imaginás qué pasaría si pudieran entrar los bancos de semilla? La comparación para mí es: si el negocio fuera una planta de tres metros, nosotros todavía somos un esqueje”.

Argentina está avanzando hacia la industrialización. En semanas, el Congreso tratará un proyecto enviado por el Ministerio de Desarrollo Productivo para habilitar la producción de cannabis medicinal y cáñamo. 

El problema es que se estaría dejando fuera del modelo a las personas que no solo difundieron la cultura cannábica y los beneficios de la planta, sino los que construyeron desde la clandestinidad los cimientos de la industria.

No se trata de una adivinanza futurista, sino una repetición de lo que ya ha pasado en otros países. El antecedente sucedió en Estados Unidos: California fue el primer Estado en avanzar en la regulación. Allí, en el histórico Triángulo de Esmeraldas, fueron los hippies de los años 60 quienes comenzaron, en la clandestinidad, los primeros cultivos entre las montañas y a difundir la cultura. 

Hacia 1996, California fue el primero en legalizar el uso medicinal y los pequeños productores comenzaron a ser desplazados del negocio por grandes compañías que tenían la espalda para instalar enormes cultivos y comercializar a costos más bajos.

Si bien en Argentina no existen granjeros cannábicos entre las montañas, en nuestro país hay cientos de autocultivadores que también se desarrollaron en la elaboración de distintos productos como: fertilizantes, sustratos de tierra, macetas y paneles de luz, entre una gran variedad de opciones. 

Los growshops, quienes el año pasado elevaron sus ventas un 400% por el boom del autocultivo, aún tienen problemas en su inscripción en la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP). Muchos de ellos deben anotarse como ferreterías o viveros, porque aún continúa el estigma del negocio relacionado a la planta. 

Toda esta gama de productores, inseparables de los usos de la planta, son los que más conocimiento tienen de la marihuana y los que forjaron las bases para que hoy esté a punto de legalizarse la industrialización, no están siendo considerados entre los planes económicos.

Además, los autocultivadores son los responsables de que hoy se conozcan los beneficios medicinales del cannabis. Las historias de los pacientes son diversas, pero existe un denominador común: la desesperación por atender a un familiar y la solidaridad de un cultivador de marihuana en proporcionarles el aceite que fue producido a escondidas de las autoridades policiales.

Mamá Cultiva es una de las organizaciones cuyo objetivo tiene cultivar cannabis medicinal para ayudar a personas con problemas.

Los usuarios y usuarias de cannabis poseen el mejor conocimiento del cultivo, el cual fue perfeccionándose en la clandestinidad y con métodos caseros. Por más que Belocopitt tenga los dólares, jamás sabrá como ellos en temas de la planta. 

Argentina podrá convertir al cannabis en un nuevo commoditie, como es la soja, y perpetuar el modelo de exportar la materia prima para luego importar el producto finalizado para seguir ensanchando el déficit comercial.

Pero el asunto económico podría invertirse por primera vez y actuar de forma diferente: incorporar a la industrialización, aunque sea en pequeña escala, a los miles de cultivadores que hoy continúan atemorizados por la amenaza constante de un allanamiento policial y que finalmente salgan de la clandestinidad. Sin su acción anónima de años, hoy no sabríamos que la planta puede ayudar a pacientes oncológicos, depresivos, diabéticos y con epilepsias.

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