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Jueves 08 de diciembre de 2022

11 de septiembre, el día que que el terrorismo atacó a la democracia en el continente

Desde el 2001, el 11 de septiembre se conmemora el día del atentado terrorista contra Estados Unidos. El 11 de septiembre también se conmemora otro atentado terrorista, el golpe de estado perpetuado contra el gobierno de Salvador Allende en Chile con la colaboración del gobierno norteamericano.

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El 11 de septiembre del 2001 un grupo de personas pertenecientes a la organización paramilitar Yihadista Al Qaeda secuestró dos aviones para estrellarlos contra el World Trade Center de Nueva York.

Ese 11 de septiembre significó un quiebre en la historia norteamericana, que la considera hasta hoy como el mayor ataque terrorista de la historia, desmoronando el glamour y desenfado que caracterizó la década de los 90 para inaugurar una nueva etapa marcada por las políticas “antiterroristas” e intervenciones en medio oriente.

Curiosamente, exactamente 28 años antes Estados Unidos fue partícipe en otro atentado que desmoronaría el sistema democrático e inaguraría una nueva etapa histórica en América Latina caracterizada por las dictaduras más sangrientas que vivió el continente. 

Ese 11 de septiembre de 1973, con responsabilidad del gobierno norteamericano, se produjo el golpe de estado en Chile contra el gobierno democrático de Salvador Allende.

 

Fabricando el fracaso socialista

El 4 de septiembre de 1970 los resultados electorales en Chile dieron la victoria al candidato de Unidad Popular Salvador Allende con el 36,6% de los votos, superando al expresidente Jorge Alessandri y al candidato de la “democracia cristiana” Radomiro Tomic  

El 15 de septiembre de ese mismo año, pocos días después de conocerse los resultados, el presidente de los Estados Unidos Richard Nixon ordenó a la CIA fomentar un golpe de Estado en Chile. En el futuro, los documentos de ésta reunion clandestina serían desclasificados, y el mundo podría saber que el esos 20 minutos marcarían el futuro de todo el continente, sellando las vidas de miles de latinoamericanos.

En ese tiempo, Estados Unidos sufría las consecuencias económicas y sociales de su intervención militar en Vietnam. Por ello, si querían persistir en su cruzada contra el fantasma del comunismo, el gobierno norteamericano debería encontrar métodos más sutiles para someter la decisión de una nación.

El primero fue un tanto burdo. De acuerdo a la constitución chilena, si el candidato no obtenía la mayoría absoluta en primera vuelta, el resultado definitivo debía ser decidido por el congreso pleno. Las primeras órdenes de Washington fueron las de sondear la posibilidad de sobornar a los congresistas para que votaran por Alessandri

El plan no resultó. La democracia cristiana mayormente votó por Allende y Unidad Popular se convirtió en el primer movimiento socialista en llegar al poder en el continente por la vía democrática.

Esto impacientó a Washington. El Secretario de Estado y futuro nobel de la paz declaró públicamente “No veo por qué tenemos que quedarnos como espectadores y mirar cómo un país se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo”.

A través de su embajada en Chile, el gobierno de los Estados Unidos evaluó las posibilidades de financiar y allanar el camino que facilite un golpe militar directo que derroque al gobierno de Salvador Allende.

El primer obstáculo para este plan lo encontraron en el propio Comandante en Jefe del Ejército Chileno René Schneider, que se negaba a participar de cualquier movimiento que atente contra el nuevo presidente democrático de Chile.

Paralelamente se orquestaron planes para enviar expertos en inteligencia y contrainteligencia para empezar una campañas de acción psicológica que desestabilizara la economía chilena y remover a Schneider.

El 18 de octubre, un cable al presidente de Estados Unidos informaba que “Se reúnen clandestinamente el 17 de octubre, sus planes progresan mejor de lo que había pensado. (…) dicen que tienen que actuar porque creen estar bajo sospecha y vigilados por partidarios de Allende”. Además, solicitaban “el rápido envío de tres ametralladoras estériles del calibre 45 y la munición correspondiente al aparato número”.

Las armas llegaron tres días después, y el 22 de octubre de 1970, caía asesinado el general René Schneider por negarse a encabezar un golpe de Estado. Tras la concreción del asesinato, los norteamericanos encontraron rápidamente a un reemplazo acorde a sus planes. Un grupo de militares chilenos encabezados por el General Viaux accedió a seguir las indicaciones por solo 50 mil dólares.

 

Ascenso y caída del nuevo Chile

El gobierno de Allende asumió en noviembre, y en él se lanzaron programas educativos revolucionarios, se amplió la campaña de alfabetización para llegar a los campesinos, se profundizó la reforma agraria que había quedado inconclusa en los 60, se nacionalizó la producción de cobre y los servicios de telecomunicaciones.

Pero por lo bajo, en alianza con los sectores conservadores, el plan de desestabilización se puso en marcha. A medida que la ofensiva en Vietnam fracasaba, era cada vez más necesario para Estados Unidos que el gobierno de Allende fracasara.

Millones de dólares fueron empleados en financiar huelgas patronales como las de los camioneros con el objetivo de paralizar el país y dar a la población la sensación de inestabilidad y crisis de gobernabilidad. 

A través de los medios se fabricaron profesias para autocumplirlas. Pronosticaban que faltaría azúcar, para que el pueblo chileno se apurara en comprar todo el azúcar que pudieran hasta que las fábricas no dieran abasto para cubrir la demanda. Luego decían que faltaría la carne, y así fueron fabricando el desabastecimiento.

Cuando la opinión pública giró lo suficiente para inscribir en la historia que el gobierno de Allende había caído en el descrédito, Washington envió la estocada final, un ataque frontal al palacio de la moneda por sus propios sicarios dentro del ejército chileno que los medios y sectores conservadores presentaban como los salvadores del país.

Finalmente, el 11 de septiembre de 1973, los continuo terrorismo orquestado desde Washington en la población Chilena hizo que se derrumben los cimientos de la democracia del país. Después de ella, caería también la democracia argentina, como dos torres derrumbadas por el mismo grupo terrorista.

Los documentos del Senado de los EE.UU. desclasificados y agrupados bajo el nombre: “Acción clandestina en Chile 1963-1973” documentan la participación del gobierno norteamericano en atentar contra la democracia chilena con el objetivo de demostrar el “fracaso comunista” en el mundo.

Los documentos quedan además ratificados en el libro de Nathaniel Davis, ex embajador de Estados Unidos en Chile, quien en su libro Los dos últimos años de Salvador Allende, admite la mutua colaboración de elementos de inteligencia norteamericana y chilena para desestabilizar el país y tumbar el gobierno.

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