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Miércoles 08 de febrero de 2023

Así en el cielo como en la tierra

El Presidente de la Fundación Proyungas, Alejandro Brown, brinda una reflexión sobre el tramo final del año teniendo como marco el mundial de Qatar 2022, para traer a colación la pregunta (y el deseo) de que a pesar de las diferencias los sentimientos colectivos nos reúnan en la cancha y más allá.

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El fútbol no es lo mío, nunca lo ha sido. No obstante, y a pesar de no mirar ningún partido del Mundial, no puedo abstraerme al fragor de la batalla deportiva, a la satisfacción del triunfo colectivo, a la emoción de millones a la hora del Himno y de cada gol propio. Mi natural rebeldía juvenil que se mantuvo por el resto de mi vida a las glorias pasadas de una familia signada por el fútbol, no me impiden al menos de soslayo, no perderme detalle de lo que no quiero ver, pero no puedo impedirme sentir.

Las razones son difíciles de discernir con claridad, quizás la visceral crítica a no profundizar el presente, recostándonos en un pasado glorioso que obviamente así nunca regresará; cuando el pasado oprime el presente.

Y pienso en esa simple historia familiar como un recorte a escala de lo que no logramos como Sociedad, volver a ser uno de los principales países del mundo. Podemos, con entusiasmo quizás desmedido, juntarnos independiente de nuestras cotidianas diferencias, abrazarnos a un objetivo común como ganar el Mundial y todas las otras diferencias desaparecen, al menos momentáneamente. Podemos gritar todos juntos, abrazarnos, llorar, reinos, cantar, pero solo ahora. 

La selección argentina jugará el domingo la final del Mundial.

Una pregunta sencilla e incómoda, y de muy difícil respuesta, es ¿por qué no podemos hacer lo mismo por el País?, que sin duda requiere del esfuerzo de todos para salir adelante. ¿Por qué también no podemos utilizar esa enorme fuerza colectiva en algo más poderoso, inclusivo y trascendente? 

Porque el Mundial terminará, e independientemente de lo que pase, estaremos felices, exultantes, gloriosos. Argentina es y será reconocida por la excelencia de sus jugadores, que ni siquiera juegan, ni viven, y menos aún, arriesgan sus patrimonios en nuestro país. 

Sin embargo, nos representan por su condición de nacidos en el mismo territorio, por emocionarse por la misma bandera e himno patrio. Pero el Mundial terminará y quedaremos tan marginales, divididos y pobres como siempre. Seguiremos atados a la gloria del pasado, en este caso del pasado muy reciente que como un agujero negro absorberá toda nuestra energía.

En un artículo publicado estos días el periodista británico Jonathan Wilson del periódico The Guardian comentó que “no es de extrañar que el campo de Argentina esté perpetuamente tan tenso. No es de extrañar que haya tal sensación de comunión ansiosa entre el equipo y los aficionados”. 

“Pero lo que nunca ha quedado claro es si esa energía emocional sostiene a la Argentina o la suprime”. Y concluye refiriéndose a Messi como “un emblema de la fragilidad transitoria de la belleza humana”.

Las emociones, dice el diccionario, son las reacciones neurofisiológicas desencadenadas por un estímulo interno o externo (el peligro por ejemplo). 

El sentimiento en cambio es la autopercepción de una determinada emoción, es la expresión subjetiva de las emociones (Argentina es un sentimiento). Los argentinos nos emocionamos colectivamente por muchas cosas, quizás es momento de enfocar nuestros sentimientos en nuestra Casa Común, para entre todos darnos cuenta ojalá, que solos y fraccionados no iremos hacia ningún futuro deseable.

Es probable que nos falte el líder qué, como Messi, a pesar de nuestras incapacidades grupales nos genere la oportunidad para el encuentro o forjar nuestra propia alternativa como Sociedad.

Que nuestras ancestrales discrepancias y sentimientos encontrados, no impidan (o “manchen”) nuestra posibilidad que una vez por todas podamos salir del atolladero al que nosotros mismos hemos ingresado y podamos alcanzar la calidad de vida que la dimensión geográfica de nuestro país, nuestros recursos naturales y nuestra capacidad técnica nos podrían permitir alcanzar. Ojalá algún día esa sea la emoción que nos encuentre con el mismo fervor mundialista con que hoy vamos subiendo la cuesta…

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